La educación de calidad es esencial para nuestra democracia. Las buenas escuelas son la base fundamental para una comunidad bien informada, mejores trabajos y una economía fuerte.

Todos los niños—sin importar dónde vivan—merecen la oportunidad de alcanzar su máximo potencial. Debemos invertir en la educación pública y trabajar para asegurarnos de que tenga éxito. Los maestros necesitan poder enseñar. Necesitamos diseñar programas para reducir la disparidad de los logros académicos. Necesitamos acabar con el mal camino que existe llamado “de la escuela a la prisión”. Necesitamos asegurarnos de que todas nuestras escuelas ofrezcan currículos de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés), para ayudar a desarrollar las habilidades que nuestros estudiantes necesitarán para los trabajos del futuro, así como, un plan de estudios que los aliente a pensar, a crear y a encontrar su propia voz.

Para nuestra población en camino a la universidad, debemos abordar los crecientes costos de colegiaturas universitarias. Para aquellos que se han graduado, debemos encontrar alivio a la carga aplastante de la deuda estudiantil. Las universidades con fines lucrativos deben ser responsables de las falsa promesas que hicieron a sus estudiantes. Los colegios comunitarios deben de ser ampliados y se debe fomentar el acceso a programas técnicos y vocacionales. Los fracasos de nuestro sistema educativo afectarán todos los aspectos de nuestra comunidad, desde la fortaleza de nuestra economía hasta la fortaleza de nuestra democracia. Educar a todos nuestros ciudadanos debe ser siempre nuestra prioridad.

Durante la última sesión legislativa, John Culberson recibió una ‘F’ en su reporte de desempeño legislativo de la National Education Association, Asociación Nacional de Educación, lo cual refleja su pésimo historial de apoyo a la educación pública y a los educadores.

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